Chinito and the garden

Near my dorm there is a little garden. I never really paid attention to it. As I would go and come back from class, the garden would say hi to me every day. Absorbed in my own world, I barely even noticed. It is incredible that when I did finally start paying attention to it, it was because of a sad event. One of the gardeners became ill. It saddened me because he is a sweet, old man who always looks after us in the dorm. I was surprised when, between tears, he was complaining that we would not be able to take care of the garden which had given so much joy to his long life.

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He explained how this small place had allowed him to maintain a strong relationship with nature and its fruits. That space took him back to his hometown, to the countryside where he grew up. I realized that there are people that have a much more powerful relationship with nature than I do. The ‘chinito’ (little chinese), as he was warmly nicknamed, showed me that nature helps us, is our friend, yet we barely give it our time. I reflected about it and I started spending a bit more time in the little garden so important to Chinito, who could have easily been my grandfather.

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Suddenly, everything around me completely changed. I surrounded myself with all types of medicinal and aromatic plants. I even learned about a banana tree that started waving at me a little branch full of fruit that nobody could touch without the consent from the guardians of the garden. I felt somewhat responsible and yet comforted by this space which had been transformed, by the hands of Chinito and the other custodians, into a productive space. Chinito proudly explained to me everything that, being lost in my daily hustle, I had never come close enough to see. I was lost between the smells of oregano, tilo (a medicinal plant) and mint. I discovered that some of these spices are used to make the food we eat every day in the cafeteria.

I left the garden understanding exactly why Chinito was feeling so down, and I think I am even a bit sad now, writing about this. The love and dedication that has given to this garden is incomparable – and the willingness to live of this sweet old man, as I tell him, is contained in the garden which he took care of for so long. I believe that now, this garden will never go unnoticed to me. Maybe I won’t take care of it every day, but I will start giving it a little bit of my time, even if just to say hi.

– Laritza is a geography student at the University of Habana and part of the Recrear/CYEN research team. Your contributions make all the difference.

 

Support our work at: http://www.recrearinternational.org/Donate.aspx

Spanish version:

En el lugar donde vivo hay un pequeño huerto, realmente nunca me había fijado, en este ir y venir de la facultad, en este ajetreo diario, el huerto me saludaba todos los días a la entrada de la residencia y yo ni caso le hacía, absorta en mi mundo.   Fue increíble que me diera cuenta con un hecho muy lamentable. Uno de los guardianes de nuestro sueño está un poco enfermo, algo que me causó mucha tristeza porque es un viejito muy cariñoso y preocupado por nosotros, pero mi sorpresa fue cuando el anciano entre lágrimas se lamentaba de que no podría cuidar más de su huerto que tanta alegría le daba en su larga vida, ese lugarcito que le permitía mantener su fuerte contacto con la naturaleza y sus productos, ese espacio que lo teletransportaba a su ciudad natal, a ese campo que lo vio crecer; y entonces me di cuenta que si existen personas que tiene un vínculo mucho más fuerte del que ellos mismo piensan con la madre natura.

 

El chinito, como cariñosamente lo apodamos, me mostró que inconscientemente la naturaleza nos saluda, nos ayuda, es nuestra amiga y nosotros ni tan siquiera le damos un pedacito de nuestro tiempo. Reflexioné y me acerqué al huertito tan querido por el chino, que por cierto pudiera ser mi abuelito, y entonces me di cuenta que el ambiente a mi alrededor cambio totalmente de repente.   Me rodeé de todo tipo de plantas medicinales, aromáticas y hasta una de plátano me saludaba con un racimo que nadie podía tocar sin el consentimiento del protector del huerto. Me sentí un poco culpable, pero a la vez muy  confortada con este espacio que era un pedazo más y se convirtió, en las manos del chino y los demás custodios, en un lugar productivo.

 

El chino me explicaba muy orgulloso todo lo que yo en mi ajetreo nunca me había acercado a ver, los olores me envolvían entre plantas de orégano, tilo y menta, descubrí que eran usadas algunas de ellas en la elaboración de nuestra comida diaria por los cocineros de la beca y salí de allí entendiendo perfectamente  por qué el chinito estaba tan triste, creo que hasta yo estoy ahora escribiendo un poco triste también, porque el amor y la dedicación que le han dado a ese lugar es incomparable y las ganas de seguir viviendo de este ancianito tan lindo, como yo le digo, está contenida en ese huerto que él creó y cuidó durante tanto tiempo.   Creo que ahora ya ese huerto no pasará desapercibido ante mis ojos, a lo mejor no todos los días, pero si le dedicaré un poco de mi tiempo aunque sea para saludarlo.

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