Discovering ‘My Home’

I should admit that I wasn’t that enthused the day we left with the RecrearMagnify group for Casa Mia, Spanish for ‘My Home’. What could be so different about this non-profit? Why is everyone talking about this project? I’ve had the opportunity to visit many of the most marginalized and attention-drawing zones of Lima and other cities; I was convinced that no real surprise awaited me in the neighbourhood of Santander that morning.

The first hours of the day passed between a sensation of sleepiness and a subtle feeling of guilt for not being connected with the people around me. Maybe because the Colombian reality is very similar to the Peruvian one? Maybe because I felt bad for being in Santander and not in Puente Piedra or on the sandbanks of Villa el Salvador in Lima? What’s certain is that the experience of spending a day at Casa Mia has left me with a  sense of responsibility that I was not expecting and that will carry with me on my return to Lima.

When two groups so different come together, the least you would expect is an attitude of mistrust and self-protection; but in Casa Mia, the welcome was so sweet. As if we were part of the family.

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The community of Casa Mia did not see our differences, but rather what we brought, thanking us for our visit and for sharing with them. It was eye-opening to step into Casa Mía and really feel it as my own space. I’m sure that the name ‘My Home’ was not imposed.

You often hear ‘kids always tell the truth’. They don’t only do this with their words but also their attitudes, their looks, their silences. While the kids played in the middle of the street in Santander, I couldn’t help but think of Crea+, the organization I work with in Peru. I felt at home. The kids approached me slowly, but they didn’t lose a second before they assumed trust and invited me to play. They were the hosts of the space, we were the guests.

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During the first half of the game, Juan looked at me suspiciously, I knew that he was making an effort to win. He wanted to show me that he was already 6 years old, that he was big, that he was mature, that he belonged to a community of warriors, that his hands did not shake. . . I realized all of this and so I let him win. I let him win the game once and then again. Not because he couldn’t win by himself but because the way he smiled in the moment he won energized me and because, in a certain way, I wanted to be like him. I wanted to be affected by a little bit of this inner power that sometimes escapes me.

Everything can happen in the magical neighbourhood of Santander. Young people can represent the years of violence that they did not live, but yet will never forget. The adults can create spaces for young people to develop themselves and access opportunities; women can lead collectives, older men like Francisco can transform their talent and wisdom into a cultural center; and the community can resist and transform itself. All of this can happen in this wonderland.

What does this sensation of belonging upon stepping into a foreign place for the first time have to do with research methodologies? Well, everything. And it’s only after a week that I’ve managed to understand this. You cannot research what cannot be felt, what cannot be lived, what you see from the outside with the eyes of a visitor. You can’t research with judgement, with distance, and with too much caution. You have to get your hands dirty. You have to arrive and stay and you have to leave a part of yourself there. Research without soul is condemned to fail.

Diana Recrear + Yo

 

– Diana Plasencia
Volunteer at Crea+, Peru
Participant of RecrearMagnify 2016

—————————— En Español ————————

Descubriendo Casa Mía

Debo admitir que no estaba demasiado entusiasmada el día que partimos para Casa Mía. ¿Qué podía tener de diferente esta corporación?, ¿por qué es que todos hablaban de este proyecto? He tenido la oportunidad de visitar zonas muy necesitadas con proyectos emergentes en Lima y en otras ciudades, y es por eso que no estaba convencida de obtener una verdadera sorpresa en el barrio de Santander esa mañana.

Las primeras horas pasaron entre la sensación de sueño y un sutil sentimiento de culpabilidad por no estar del todo conectada con el resto de personas, ¿quizá porque la realidad colombiana es muy similar a la peruana?, ¿quizá porque me sentía mal por estar en Santander y no en Puente Piedra o en los arenales de Villa el Salvador en Lima? Definitivamente esta experiencia me ha dejado una responsabilidad que no había sospechado y que me llevo de regreso a mi ciudad.

Cuando dos grupos tan diferentes de personas se juntan, lo menos que uno espera es una actitud de desconfianza o de auto protección; pero en Casa Mía, el recibimiento fue tan cariñoso como lo es dentro de una familia, que no ve las diferencias, que solo ve lo bueno que vienes a traerle, y que incluso te agradece por visitarla. Fue revelador entrar a Casa Mía y realmente sentirla como mía, estoy segura de que ese nombre no fue impuesto, sino que fue producto del sentimiento más justo e unánime.

Dicen que los niños siempre dicen la verdad, pero no solo lo dicen con sus palabras, lo dicen con sus actitudes, con sus miradas y hasta con sus silencios. Mientras jugaba con los niños en medio de la calle en Santander, no pude evitar pensar en Crea+, la organización con la cual trabajo en Perú, me sentía como en casa. Ellos se acercaban lentamente, pero no tardaban ni un segundo en tomar confianza y retarte a jugar, ellos eran los dueños del espacio, tú eras el invitado.

Durante la primera partida del juego, Juan me miraba desconfiado, yo sabía que él se estaba esforzando mucho para ganar, él quería demostrarme que ya tenía 6 años, que era grande, que había salido adelante, que pertenecía a una comunidad de guerreros, que no le temblaban las manos… Yo me di cuenta de eso, y entonces lo dejé ganar. Lo dejé ganar el juego una y otra vez, no porque él no pudiera hacerlo por sí solo, sino porque la forma en la que sonreía al saberse ganador, me energizada, y porque hasta cierto punto, yo quería ser como él, contagiarme un poco de ese poder que a veces me falta.

Todo puede pasar en el barrio mágico de Santander, los jóvenes pueden representar los años de violencia que no vivieron, solo para jamás olvidarlos; los adultos pueden crear y administrar espacios para que sus jóvenes se desarrollen y surjan oportunidades; las mujeres pueden liderar emprendimientos colectivos; los hombres más viejos pueden volcar su talento y sabiduría en centros de cultura; y la comunidad entera puede resistir y transformarse. Todo esto puede suceder en el barrio mágico de Santander.

¿Qué tenía que ver esa sensación de pertenencia a un lugar extraño que pisas por primera vez, con metodologías de investigación? Pues todo, y solo después de una semana he logrado entenderlo. Y es que no puede investigarse lo que no se siente, lo que no se vive, lo que miras desde afuera con ojos de visitante. No puede investigarse con prejuicio, con distancia, con excesivo cuidado y delicadeza. Hay que ensuciarse, hay que llegar y quedarse, y hay que dejar una parte de uno ahí. Una investigación sin alma está condenada al fracaso.

– Diana Plasencia
Cooperante con Crea+, Peru
Participante de RecrearMagnify 2016

 

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